
Antonia
Un cuello alargado.
Un perfil facial tan pulido como una escultura.
Y unos ojos completamente vacíos.
A primera vista, se reconoce al instante el estilo inconfundible de Modigliani.
Los personajes de Modigliani no parecen personas de carne y hueso,
sino rostros entrevistados en algún sueño lejano.
Un nombre inscrito dentro del cuadro
En la esquina superior izquierda puede leerse el nombre «Antonia».
Al igual que en el retrato de Paul Guillaume que vimos anteriormente,
uno imagina que debía de tratarse de alguien cercano al pintor, quizás una amante.
Lo curioso es que la relación entre Modigliani y Antonia no se conoce con precisión.
Los registros históricos son casi inexistentes.
Por eso, esta obra se aproxima menos a un retrato que documenta la vida de una persona concreta
y más a una pieza que captura la atmósfera y las emociones que Modigliani percibió en ella.
Un pintor que no buscaba el parecido
Si se observa con detenimiento, el rostro no está perfectamente equilibrado.
Los ojos están vacíos,
las formas se hallan simplificadas
y la expresión resulta difícil de descifrar.
Y sin embargo, extrañamente, uno se detiene largo tiempo ante el cuadro.
Modigliani no pretendía reproducir con exactitud el rostro real de sus modelos.
En su lugar, buscaba preservar el aire particular de cada persona, su soledad y la impresión fugaz de un instante.
Quizás sea precisamente por eso que los rostros de sus pinturas
permanecen en la memoria mucho tiempo después, aunque no sepamos quiénes son.

