도시의 춤, 시골의 춤

Dance in the City, Dance in the Country

El mismo baile, un ambiente completamente distinto

Ambas figuras están bailando.

Sin embargo, una pintura desprende cierta frialdad,
mientras que la otra resulta, curiosamente, muy cálida.

Hablamos de «Baile en la ciudad» y «Baile en el campo» de Renoir.

El baile en la ciudad se siente algo distante

Una mujer vestida de blanco baila un vals en un interior.

El hombre es Lhote, amigo de Renoir,
y la mujer es Suzanne Valadon, modelo muy solicitada por los pintores de la época.

Si se mira con atención, el rostro de la mujer aparece medio oculto.

Su expresión no llega a verse con claridad.

Quizá por eso, la pintura irradia una extraña sensación de distancia.

Elegante, sí,
pero con ese aire que no invita fácilmente a acercarse.

El baile en el campo, en cambio, es mucho más cálido

La mujer que baila al aire libre sostiene un abanico en la mano.

Y en su rostro pervive una sonrisa.

Esta mujer es Aline Charigot, quien con el tiempo se convertiría en la esposa de Renoir.

Por entonces ella aún no había cumplido los veinte años,
y la diferencia de edad con Renoir era considerable.

Aun así, se dice que los dos se amaron profundamente.

¿Sería por eso?

«Baile en el campo» es una escena sencilla, y sin embargo desprende, de manera singular, un calor muy humano.

El viento,
el calor del cuerpo,
y hasta el ambiente en que casi se alcanza a escuchar una carcajada.

En esta época, Renoir estaba cambiando

Estas pinturas se realizaron en 1883.

Por entonces, Renoir era ya un pintor consagrado.

Reconocido en el Salón,
había alcanzado una vida estable con relativa rapidez entre los pintores impresionistas.

Y poco antes
había regresado de un viaje por Italia.

Allí, Renoir contempló las obras de los grandes maestros del Renacimiento, como Rafael, y recibió un impacto profundo.

Ese cambio quedó plasmado también en estas pinturas.

Entre el impresionismo y el clasicismo

El tema sigue siendo impresionista.

Gente corriente que baila,
el ambiente de un instante capturado.

Pero el modo de expresión ha cambiado algo.

Los contornos de las figuras se han vuelto más nítidos,
y la pincelada es considerablemente más suave que antes.

Más que el temblor de la luz,
lo que se percibe con mayor claridad es la forma humana.

A partir de esta época, Renoir comienza a transformarse: deja de ser simplemente el pintor de la luz fugaz
para convertirse en un artista que persigue una belleza más clásica.

El Renoir impresionista
y el Renoir que vendría después
parecen rozarse el uno al otro en este preciso instante.

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