
In Bed
Dos mujeres yacen en silencio.
No hay palabras.
Una inclina levemente la cabeza; la otra abandona su cuerpo al calor de la primera.
Entre el edredón rojo y las sábanas blancas.
En la habitación flota algo parecido al alivio que llega al final de un día muy largo.
Lo primero que nos atrapa al contemplar este cuadro es la postura.
Ninguna pose exagerada, ninguna mirada consciente del espectador.
Solo el peso relajado de un cuerpo que únicamente puede existir junto a alguien de confianza.
Observe con atención la proximidad entre las dos cabezas.
Se apoyan la una en la otra dejando apenas una distancia imperceptible.
Antes de llamarlo amor, lo que se percibe es «apoyo».
Como el pequeño refugio que por fin encuentran quienes han soportado la soledad durante mucho tiempo.
Esta obra fue pintada hacia 1892-1893, durante el período en que Toulouse-Lautrec frecuentaba los burdeles de Montmartre.
En aquella época, Lautrec no se limitaba a retratar los espléndidos escenarios de los cabarés.
Al contrario, posaba su mirada durante más tiempo en los bastidores: los rostros cansados tras el espectáculo, el silencio de quienes se quitaban el maquillaje, la realidad cotidiana de las mujeres que se sostenían mutuamente.
Por eso este cuadro no resulta provocador.
Lautrec no convirtió esta escena en un «espectáculo» para el consumo ajeno.
Él compartió su tiempo con ellas y observó la temperatura de una relación en la que dos personas se mantenían en pie la una gracias a la otra.
La sociedad de finales del siglo XIX estigmatizaba fácilmente a estas mujeres.
Sin embargo, en los cuadros de Lautrec ellas no quedan reducidas a una profesión o un papel.
Existen como seres humanos completamente ordinarios: se tumban cuando están cansadas, se apoyan cuando se sienten solas, y atraviesan el día con el calor del cuerpo de alguien.
Quizás por eso este cuadro sigue siendo especial hoy en día.
Porque nos muestra en silencio que, antes que el amor, las personas viven apoyándose en alguien.

