인형을 들고있는 아이

Child with a Doll

Un rostro tan torpe que resulta imposible olvidar

A primera vista, algo resulta extraño.

El rostro del niño no parece el de un niño,
y en su barbilla se adivina una sombra de barba.

El cuello casi ha desaparecido
y las manos son llamativamente pequeñas.

El cuerpo, además, está curiosamente torcido:
el torso de frente,
la cadera de perfil.

Parece un fresco del antiguo Egipto.

Siendo honestos,
según los criterios académicos, difícilmente podría calificarse de «pintura bien ejecutada».

Y sin embargo, qué curioso.

Una vez vista, esta obra no se olvida fácilmente.

¿Por qué pintaba Rousseau de este modo?

La Francia de aquel tiempo se transformaba a ojos vistas.

La industrialización avanzaba sin pausa
y las ciudades se volvían más complejas día a día.

El arte no era una excepción.

Nuevas técnicas,
expresiones cada vez más refinadas,
estilos cada vez más deslumbrantes surgían sin cesar.

Rousseau, en cambio, tomó el camino opuesto.

No aspiró a progresar.
Al contrario, regresó a la manera más simple y antigua.

Sin perspectiva,
sin claroscuros complejos,
sin anatomía precisa.

«El sentido de lo primitivo» en una época de refinamiento

Rousseau apenas recibió formación artística formal.

Pero la gente fue comprendiendo poco a poco

que su pintura no era simplemente torpe,
sino que apuntaba deliberadamente hacia una pureza esencial.

Por eso la obra de Rousseau deja una sensación singular.

Más que provocar admiración por su destreza,
permanece en la memoria como un sueño de infancia.

No es casual que los críticos lo llamaran
«el Paolo Uccello de nuestro tiempo».

Al igual que Uccello abrió las puertas de una nueva pintura en los albores del Renacimiento,
Rousseau, en medio de una época demasiado moderna,
trazaba un camino nuevo sirviéndose del sentido más antiguo de todos.

DE LA MISMA MANO
Una obra al día,Tu día, un poco más bello.
ABRIR EN LA APP