주니에씨 마차

The Cart of Père Junier

Le regaló un cuadro al dueño de la tienda de comestibles

Esta pintura desprende una calidez extraña y singular.

Una familia que parte en carruaje hacia algún lugar, perros que corretean a su alrededor y las expresiones de personas ataviadas con sus mejores galas.

Es como si uno sacara a la luz una vieja fotografía familiar.

Y en efecto, esta pintura nació precisamente de una fotografía.

El protagonista, el señor Junié, era el dueño de la tienda de comestibles que Rousseau frecuentaba.

Entre los dos existía una relación bastante cercana.

Junié le fiaba comida a Rousseau y, de vez en cuando, compartían la mesa juntos.

Por aquel entonces, la situación económica de Rousseau no era holgada.

Había elegido el camino de la pintura, pero la vida cotidiana siempre era ajustada.

Por eso Rousseau se sentía avergonzado de recibir ayuda sin poder corresponder.

Un día, al ver una fotografía de la familia Junié subiendo a un carruaje para salir de excursión a las afueras, decidió plasmar aquella escena en un cuadro como regalo.

Copió la fotografía y, aun así, el resultado parece extrañamente onírico

Comparar la fotografía con el cuadro resulta fascinante.

Es evidente que se tomó la foto como referencia, pero la pintura parece pertenecer a un mundo ligeramente distinto de la realidad.

La composición general es similar, desde luego.

Sin embargo, al añadirse el estilo pictórico propio de Rousseau, toda la escena se transforma en algo sutilmente irreal.

Lo curioso es que también se añadieron personajes que no aparecían en la fotografía.

Rousseau incorporó a la sobrina y a la sobrina-nieta de Junié dentro del cuadro.

Así pues, esta obra no es tanto un simple registro como una escena recreada por Rousseau con el ambiente familiar que deseaba conservar en su memoria.

¿Por qué todos los personajes miran de frente?

Observe ahora los personajes con detenimiento.

A excepción del señor Junié, que gira levemente el cuerpo, casi todos los personajes miran directamente al frente.

Como si fueran pinturas murales del antiguo Egipto o estatuas de piedra.

Por eso, aunque la pintura represente un paisaje cotidiano, la escena parece suspendida fuera del tiempo.

Las proporciones de las figuras son también sumamente libres.

En la pintura medieval era frecuente representar a los personajes más importantes con mayor tamaño y a los menos importantes con menor tamaño; Rousseau emplea las proporciones de manera igualmente arbitraria.

Lo que importaba a Rousseau, en definitiva, no era copiar la realidad con exactitud.

Lo que le importaba era la sensación y la presencia que transmitía la escena.

Los perros de Rousseau son más extraños que los de la realidad

Lo más fascinante de este cuadro son, en realidad, los perros más que las personas.

Fíjese en el perrito que lleva la sobrina.

La cabeza tiene algo que recuerda a un duende o ser fantástico.

En aquella época era costumbre adornar las orejas de los perros con alfileres, y Rousseau representó ese aspecto con un humor muy juguetón.

Y el perro que está debajo del carruaje resulta desproporcionadamente grande.

El perro pequeño que aparece delante del caballo, por el contrario, está pintado con un tamaño tan diminuto que difícilmente podría existir en la realidad.

Las proporciones están completamente mezcladas.

Y sin embargo, curiosamente, esa torpeza hace que el cuadro resulte aún más atractivo.

Es como contemplar el paisaje de la imaginación de un niño.

¿Por qué el caballo parece flotar en el aire?

Observe ahora el caballo con atención.

Las puntas de sus cascos están ligeramente levantadas.

Como si se pusiera de puntillas.

Esto produce la sensación de que el caballo no pisa el suelo, sino que flota levemente en el aire.

Y es precisamente esta sensación el núcleo de la pintura de Rousseau.

Todos los seres que habitan sus cuadros parecen decir algo.

«No soy real.»

Pero al mismo tiempo, tampoco son pura fantasía.

Están en algún lugar entre la realidad y el sueño.

Rousseau siempre erigía sus pinturas sobre ese límite ambiguo.

Por eso sus cuadros, aunque tachados de torpes, terminaron siendo amados por muchísimas personas.

Hubo muchos pintores que representaron la realidad con precisión, pero pocos que miraran el mundo con una pureza y una extrañeza semejantes a las suyas.

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