
Self-Portrait
Durante los aproximadamente diez años que ejerció como pintor, Van Gogh dejó más de cuarenta autorretratos. Al igual que Rembrandt, el pintor que tanto admiraba, no dejó de plasmar su propio rostro en el lienzo.
En las cartas que enviaba a su hermano Theo llegó a mencionar que había comprado un espejo expresamente para pintarse, lo que revela hasta qué punto estaba entregado a la tarea de retratarse a sí mismo. Por esa misma razón, la imagen que aparece en sus cuadros es la inversa del original: izquierda y derecha intercambiadas. La mirada de Van Gogh en estas obras tampoco está dirigida directamente al frente, otro rasgo característico que se explica precisamente por el uso del espejo.
Registrar el alma a través del propio rostro
¿Por qué retrató Van Gogh su rostro con tanta insistencia?
Para Van Gogh, el autorretrato era una suerte de confesión íntima.
La gente dice que conocerse a uno mismo es difícil. Estoy completamente de acuerdo. Pero pintarse a uno mismo tampoco es tarea fácil.
Por eso, al contemplar los autorretratos de Van Gogh, podemos entrever con claridad el estado de ánimo que lo embargaba en cada momento.
Pinceladas que tiemblan, un espíritu que se derrumba
Líneas sinuosas donde el azul y el verde se entremezclan, y entre ellas una barba y un cabello anaranjados que estallan con aún mayor intensidad. Ese trazo en espiral que hace vibrar toda la composición comenzó a aparecer con frecuencia a partir de la época en que Van Gogh residió en Saint-Rémy.
En aquellos años, el sueño que había albergado Van Gogh —una «comunidad de pintores»— se desmoronó por completo con la partida de Paul Gauguin. Debilitado físicamente e inestable mentalmente, sufría alucinaciones, delirios y crisis recurrentes. Consciente al fin de la gravedad de su estado, fue el propio Van Gogh quien decidió internarse voluntariamente en el manicomio de Saint-Rémy.
Sin embargo, no era el ingreso en sí lo que le aterraba. Lo que Van Gogh temía de verdad era algo distinto: «no poder pintar jamás».

El tiempo resistido por el bien de la pintura
En una carta dirigida a Theo, Van Gogh escribió lo siguiente:
«Sé con claridad que debo seguir pintando, aunque mi mente se fragmente y el trabajo devore mi cuerpo.»
Más que la vida encerrada entre los muros de un manicomio, lo que le resultaba insoportable era la perspectiva de una vida sin pintura.
Y lo demostró con hechos: durante algo más de un año de internamiento, llegó a completar más de ciento cincuenta obras. Entre ellas figuran nada menos que seis autorretratos.
Un hombre que quiso ser pintor hasta el final
El autorretrato pintado en septiembre de 1889 es uno de los más intensos dentro de la extensa serie de autorretratos de Van Gogh.
En esta obra, Van Gogh aparece con un traje considerablemente más pulcro de lo habitual. Su mirada, también, transmite una firmeza y una solidez que no se aprecia en trabajos anteriores. A diferencia del fondo agitado que lo rodea, él parece sostenerse en pie con voluntad de no ceder.
Las pinceladas en perpetuo movimiento revelan su inestabilidad psíquica, pero al mismo tiempo se percibe en ellas una voluntad férrea de permanecer pintor hasta el último momento. Este autorretrato no es un mero retrato de su rostro: se nos presenta como el testimonio de un hombre que, incluso en el instante del derrumbe, se aferró a sí mismo con todas sus fuerzas.







