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Los girasoles son míos
Una de las grandes obras maestras de Van Gogh: los Girasoles.
Van Gogh amaba los girasoles hasta el punto de declarar «los girasoles son míos». Entre todos los pintores del mundo, ninguno mantuvo un vínculo tan íntimo con una flor en particular. Los girasoles pertenecen a Van Gogh de un modo singular, y esa devoción se refleja en la abundancia de obras que les dedicó.

En el cuadro podemos observar girasoles en plena floración junto a otros que ya se marchitan.
Con ello, Van Gogh expresaba el ciclo de la vida humana a través del florecer y el declive del girasol. Esta metáfora no era exclusiva de él: en el siglo XVII, la pintura holandesa desarrolló el género conocido como vanitas (Vanitas-stilleven), una modalidad de naturaleza muerta en la que se representaban simbólicamente la fugacidad de la existencia y las alegrías y tristezas de la vida.
Actualmente se conservan cinco versiones de los Girasoles pintados por Van Gogh, y una de ellas es la que contemplamos aquí. Originalmente existían siete versiones: una permanece en colección privada y no ha sido exhibida públicamente, y otra, que perteneció a un coleccionista japonés, se perdió durante la Segunda Guerra Mundial.
Otro motivo por el que esta obra es célebre radica en su valor simbólico: fue el primer cuadro que Van Gogh pintó en Arlés, en el sur de Francia.
Este lienzo es el punto de partida de las grandes obras maestras que Van Gogh crearía en Arlés, entre ellas El dormitorio en Arlés y La noche estrellada sobre el Ródano.
¿Por qué pintó Van Gogh los Girasoles?
Van Gogh vivía solo en Arlés cuando su hermano Theo le comunicó que Paul Gauguin vendría a vivir con él. Ante la perspectiva de compartir su vida con otro artista tras meses de soledad, Van Gogh se llenó de alegría y pintó este cuadro con la intención de decorar la habitación de Gauguin. Quizá por ello —porque fue concebido con tanta ilusión— basta con contemplarlo para sentir que el ánimo se eleva.
Sin embargo, la convivencia entre Gauguin y Van Gogh no duró mucho a causa de sus conflictos, y el cuadro quedó colgado en solitario en aquella habitación que Gauguin nunca llegó a habitar como se había soñado.
Las obras de Van Gogh han de verse en persona para apreciarse plenamente.
La razón se encuentra en la técnica del impasto, que Van Gogh empleaba con frecuencia. El impasto consiste en aplicar la pintura en capas muy gruesas, lo que crea una superficie en relieve cuya textura rugosa e irregular solo puede apreciarse verdaderamente ante el original. Este cuadro fue ejecutado mediante esa misma técnica, de modo que acercarse a él permite sentir la materia pictórica en toda su dimensión. Para lograrlo, Van Gogh utilizó pinturas al óleo de fabricación reciente, aparecidas por primera vez en el siglo XIX.







