탕기 영감의 초상

Van Gogh

El fiel amigo de los pintores

Este hombre es Père Tanguy, un personaje que regentaba una pequeña tienda de materiales artísticos en el París del siglo XIX.

Para los jóvenes pintores de la época, los pigmentos eran indispensables, pero la precariedad económica les impedía con frecuencia adquirirlos con libertad.

Tanguy les fiaba las pinturas o, en ocasiones, se las entregaba sin pedir nada a cambio. Además, colgaba sus cuadros en su tienda para presentarlos al público.

Por eso Van Gogh y muchos otros pintores le profesaban un afecto genuino.

El propio Van Gogh, en señal de gratitud, le dedicó tres retratos, y el que contemplamos ahora es uno de ellos.

Un fondo impregnado de Japón

Observe ahora el fondo que rodea a Tanguy.

El monte Fuji, geishas, grabados japoneses... Diversas imágenes del Japón colman la superficie del cuadro.

En la segunda mitad del siglo XIX, la cultura japonesa gozaba de enorme popularidad en Europa. Van Gogh coleccionaba con entusiasmo estampas japonesas y extraía de ellas una gran inspiración en cuanto a color y composición.

De ahí que Tanguy aparezca representado con la serenidad y la calma de un sabio oriental.

La pincelada inconfundible de Van Gogh

Acérquese un momento y observe el rostro y la ropa.

Las huellas del pincel, cargadas de pigmento en espeso relieve, son perfectamente visibles.

Van Gogh tenía predilección por aplicar la pintura en capas superpuestas. Gracias a ello, la obra no se percibe como una superficie plana, sino que transmite una vitalidad y un volumen propios de algo vivo.

Asimismo, combinó colores que se realzan mutuamente —azules, rojos y amarillos— para generar una energía vibrante en toda la composición.

Un retrato cargado de gratitud

Esta obra es mucho más que un simple retrato.

Encierra el agradecimiento que Van Gogh quiso expresar a quien permaneció a su lado durante los años de mayor dificultad económica.

Por eso el semblante de Tanguy resulta apacible y cálido, aun sin recurrir a ninguna expresión dramática.

Deténgase un instante a contemplar su rostro.

Quizás lo que Van Gogh quería retratar no era la figura del tendero, sino el corazón de alguien que creyó en él y le brindó su aliento.

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